
unque quisiera, Laura Wells no podría olvidar aquella tarde de agosto de 1.950, en el jardín del Hotel Nacional de La Habana. Tenía entonces veinte años y el propósito de ser la primera mujer ganadora del concurso que, cada año, convocaba la revista “EYE” para jóvenes fotógrafos. Había llegado a Cuba tres días antes, invitada por su amiga Marta Benson, con el deseo de descubrir esa ciudad de la que tantas cosas le había contado su compañera de la universidad. Desde las murallas que separan los jardines y el Malecón, se divisaba el mar cercano, llenando con su olor la suave brisa que aliviaba aquel calor pegajoso al que Laura todavía no se había acostumbrado. En el cielo, los colores jugueteaban unos con otros, se mezclaban, se separaban, brillaban o se apagaban, produciendo ese efecto incomparable del atardecer que se avecinaba. Risas y voces de niños venían del otro extremo del jardín. Laura, curiosa, se acercó. Había instalada una larga mesa, cubierta hasta el suelo con manteles blancos y entre los árboles colgaban guirnaldas de papel de colores. Bonito contraste. “Vamos niños, acercaos, es hora de tomar la tarta”. La voz maternal, llena de la música de ese país, atrajo a un grupo de niños y niñas vestidos de fiesta, saltando y gritando vivas. En el centro de la mesa, una tarta de chocolate, redonda, de un solo piso, con guindas rojas y bordes de nata, sobresalía sobre el mantel. Frente a ella, una niña de piel y cabellos morenos, impecablemente vestida de blanco organdí, sonreía ante el pastel adornado con velas. ¿Eran ocho?. No lo recuerdas. Esos ojos negros que echaban chispas la atraparon cuando la miraron.
-Me gustaría hacerte una foto, ¿te importa?
- ¿Eres fotógrafa? -preguntó la niña, señalando la cámara
- Sí y creo que podría conseguir una bonita fotografía.
- No sé -contestó la niña sonriendo pícaramente. ¿Va a salir en alguna revista?.
- ¡Uy, ojalá! -contestó Laura en forma de suspiro.
- Bueno, y ¿qué me darás a cambio si lo consigues?
Todavía recuerda su mirada cuando le formuló esa pregunta. Laura, bajo el seudónimo de Richard Wells, ganó el premio de la revista “EYE”: la publicación de la fotografía en portada y mil dólares en metálico. Desde entonces, las mejores publicaciones del mundo le han abierto sus puertas y los personajes más relevantes de todos estos años han fijado sus ojos en el objetivo de su cámara. Laura conseguía que esos personajes parecieran inmortales; sabía captarlos en ese gesto, en esa mirada que dejan al descubierto la esencia de cada persona. Inmortalidad en blanco y negro. Nunca en color. ¡Cuántas fotografías!. Pero ninguna como la de esa niña vestida de blanco que, con una sonrisa mellada, algo lasciva, ofrece a la cámara un enorme pastel de chocolate. Ninguna como ésta que ahora contempla con el mismo asombro que cuando la reveló hace treinta y cinco años. Desde entonces, no ha pasado un solo día sin que Laura dedique un tiempo a contemplarla. Siempre ha ido con ella, formando parte de su equipaje, de su casa, de su vida. ¿Un amuleto o un recordatorio de tu deuda?.
Después de lo ocurrido hoy durante el almuerzo, en el restaurante de Maurice, Laura siente una terrible angustia. Sentada sobre su cama, mira la fotografía intentando encontrar en ella algo de alivio al desasosiego que la invade. Se pregunta cómo en todos estos años, ni una sola vez, ha sentido la necesidad de buscar un título para ella. ¿Por qué ahora la fotografía parecía suplicarle ese nombre que retumbaba en su cabeza?. Lo escribe en un papel adhesivo que coloca con parsimonia, con mimo, casi solemnidad, en una esquina de la fotografía. Ahora, es totalmente perfecta. Sus párpados pesan y hacen esfuerzos para no cerrarse, para no perder la visión de ese pastel de chocolate en una tarde cubana de verano. Chocolate. El principio y ¿el fin?.
- Bueno, realmente no tengo mucho que ofrecerte. ¿Quieres dinero?.
- No, no me hace falta -repuso la niña algo contrariada.
- Entonces... -interrogó Laura con su mirada.
Un escalofrío recorre el cuerpo de Laura, cuando introduce en su boca una cucharada de la deliciosa crema de chocolate que Maurice prepara como nadie en el mundo. Su desconcierto va en aumento cuando toma una segunda cucharada y otra, y otra. Mary, su secretaria, la mira sorprendida mientras Laura, siempre comedida a la mesa, toma con ansia compulsiva su postre favorito. Laura palidece y su mirada parece buscar una respuesta en el aire.
- ¿Te encuentras bien, Laura?
- No, no sé qué me ocurre. De repente, me he empezado a encontrar mal. Será mejor que me vaya a casa a descansar un rato. No, no me acompañes –dice Laura mientras con un gesto de su mano detiene el intento de Mary por levantarse de la mesa-. Pediré un taxi.
Laura abandona el restaurante intentando mantener su decidido caminar. Habría sido absurdo explicarle a Mary que no ha sentido el sabor a chocolate en su boca.
- ¿Me darías tu alma?
- Por fotografiar esos ojos, daría lo que hiciera falta, -contestó Laura con una sonrisa, mientras el fotómetro le indicaba que pronto no habría luz suficiente. Mi alma. Trato hecho –dijo impaciente, deseando acabar con ese juego infantil.
La niña, con gesto de satisfacción, tomó entre sus manos la tarta de chocolate, estirando los brazos hacia la cámara, clavando sus ojos en el objetivo, mientras mostraba su boca mellada a través de una sonrisa.
- Muchas gracias. Lo has hecho muy bien.
- ¿Sí?. Bueno, espero que tu sueño se haga realidad. Nunca he tenido el alma de nadie famoso.
Se despidió de Laura con una pequeña reverencia, cogiéndose el vestido por los lados e inclinando levemente la cabeza. Después dio media vuelta y desapareció corriendo por el jardín, antes de que Laura pudiera siquiera sospechar que aquellos ojos negros no bromeaban.
Laura se mira en el espejo intentando reconocer el rostro que en él se refleja. Esos ojos azules, almendrados, algo miopes, la boca gruesa y carnosa, el pelo castaño. Cuánto tiempo mirando el rostro de los demás y qué poco te has dedicado a mirar el tuyo. La imagen del espejo le devuelve una sonrisa mientras Laura sostiene la mirada. El malestar de antes ha dejado paso a una inmensa paz y a un profundo cansancio. Tumbada en la cama, antes de cerrar los ojos, mira la fotografía con su nombre recién estrenado. Un intenso sabor a chocolate llena su boca.
Laura siente sobre su brazo la suave caricia de una pequeña mano. Abre los ojos con gran esfuerzo y ve el mismo vestido blanco de organdí, los mismos ojos negros, la misma sonrisa mellada que hace treinta y cinco años vio en La Habana. ¿Por qué no siento miedo?.
Con una velocidad de vértigo, por la mente de Laura pasa su vida como una película formada por pequeños fragmentos, como piezas de un puzzle en el que todo recobra su sentido, cada instante se convierte en imprescindible para ese suceso que fue su vida, única e irrepetible. Laura sonríe ante su sentimiento de plenitud.
Por la tarde, Mary, encontraría a Laura tumbada en la cama, con la sonrisa dibujada en los labios. En un papel, sobre la fotografía de un flamante pastel de chocolate sujetado por una niña vestida de blanco, Laura había escrito: “El sabor de la vida. Agosto de 1.950”.
_ Cristina _