30 de diciembre de 2011

TÈ, ECHE DE MENOS

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            Soy teinómana, lo reconozco. Pero nunca he tenido mono.
Nunca me ha faltado té.
            También soy dulce, recuerdo cuando te escribía con mis uñas corazones en tu espalda desnuda.
            Tú solo me decías: sigue, que me gusta.
            También soy cariñosa, casi siempre te seguía hasta la puerta de la calle para despedirte y darte un último beso.
            Tú solo me decías: hoy estas pesadita !.
            Reconozco que también soy orgullosa, recuerdo que no moví un solo músculo de mi cara cuando supe que no volverías, para que nadie pudiese contarle al oído del aire mi reacción.
            El aire dijo a los cuatro vientos que tú y yo no teníamos futuro.
            Entonces tuve mono. Tuyo.
            Alguien me dijo que en el desierto te olvidaría. Que allí se bebía té.
            En el Sahara todo me recordó a ti.
            La arena el color de tu piel.
            El aire tus caricias.
            El calor tu boca.
            El destierro... tu cobardía.
            Aziza, la mujer que me ofreció su jaima para descansar, me preparó un té.
 Vestía de verde. Recordé tus ojos.
Bebí el primer té, dijo que era amargo como la vida. Bebí el tercer té, dulce como la muerte.
El segundo me pasó de largo, y me rozó con su vaho los labios, entonces recuerdo que besé en el desierto. Me rozó con su aroma la nariz, entonces abrí mi pecho y recuerdo que suspiré en el desierto. Me rozó el color caldero del liquido los ojos y entonces recuerdo que lloré en el desierto.
Aziza, la mujer que me ofreció su jaima para olvidarte, dijo que el segundo té era alegre como el amor.
            Entonces recuerdo que odié. Te odié en el desierto.



YOLANDA

Queridas hermanas

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           Queridas hermanas: Ojala, La Navidad, O el solsticio de invierno, iluminen con luz nueva a esas mentes desbordadas, para que vieran que el vil metal, nunca puede valer más que los seres humanos. Será que ya me hago mayor y el cansancio me deprime, y de verdad que no me gustaría que fuese así... Pero es un fracaso para mí, ver defraudada mi ingenua convicción de la niñez, de que el bien es más fructífero que el mal y hace más felices a todos. Hoy a pesar de siglos trascurridos, el mundo sigue siendo igual de absurdo y obtuso que siempre. Es como si los individuos no aprendiesen nada de nada... Se cambian de imagen, se modifican el entorno y se crean refugios y cárceles de oro para vivir. Se instalan en la espuma de las cosas y deciden, por unanimidad, ignorar el sabio proceso del conocimiento, que da la experiencia..., y se sigue actuando como si de nada hubieran servido las experiencias vividas de antaño, y así que como alguien dijo: “quien siempre hace lo que siempre hizo, dice lo que siempre dijo y piensa lo que siempre pensó, siempre obtendrá... lo que siempre obtuvo”. Grandes Imperios han brillado como inmensos Paraísos terrenales: Egipto, Grecia, Roma... y cayeron hechos cenizas. Hoy se siguen alimentando y manteniendo los mismos deseos incontrolados, ambiciones desmedidas y prejuicios encorsetados de los que no pueden huir... ¿Será posible que la luz de la humildad? Sabiéndoles con poca voluntad, no fortalezca el buen raciocinio, tocándoles con su varita mágica... Con mucho amor hacia mis hermanas.


La hermana Beatriz

27 de diciembre de 2011

Cuatro metros de eslora

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             Ayer murió una persona que me quería. No sé si éramos o no amigos, nunca lo pensé, y creo que él tampoco. Sólo sé que me quería. Y mucho.

       Cuando me comunicaron la noticia de su muerte, noté ese zarpazo que anuncia que el mundo se hace más angosto cuando una persona deja de quererte. Lo noté, como noté que pensaba en mí más que en él.

            Ayer murió Suso. En Oia. Ha dejado a Mari desolada y a sus dos hijos sin entender qué es esto tan cercano y tan lejano de la muerte.

-        Despierta papá. Despierta.

Eso le decía Fani a su padre; despierta papá. Y la muerte le respondió con gritos
de silencio y espasmos de quietud.

            Ayer la mar estaba quieta. Asustada y encogida se retiró más allá del espigón. Marea baja.

            Mientras tanto el monasterio, a menos de cincuenta metros del Atlántico, se asomaba a su casa sabiendo que poco tiempo después acogería su cuerpo. Lo sé, como sé de otros cuerpos a los que también acogió con la desgana del destiempo. Los mismos que le fueron haciendo viejo, a la  vez  que más herido y silencioso.

 Me ocurre con frecuencia que cuando entro tengo la sensación de adentrarme en un vientre triste, en un útero absurdo y vacío. Me cuentan que en invierno la fuerza del mar decora con algas sus puertas y sus paredes, y yo en verano huelo esas mismas algas dentro, como huelo la congoja de sus muros y el paso de mi propio tiempo. Ya nunca podré verlo desde su barca. Su barca. Cuatro o cinco metros de eslora y no más de dos de manga fueron suficientes para alimentar a su familia. Sólo eso. Poco más que el tamaño de una tumba.

            A mí me gustaba verlo caminar subiendo la cuesta con su aspecto de gigante. Me gustaba cuando me bromeaba aludiendo a mis defectos, la mayoría reales, aunque él con sus guiños los convirtiera en ficticios. Me gustaba su filosofía de  silencio y orujo. Me gustaba cuando nos cocinaba después de venir de la mar, con el cigarro quemándole los labios y las manos preparando el pollo de su casa. Tan rico. Se pasaba las horas cocinando platos que sabía que no podríamos comer: ¿A qué vienes a mi casa si no comes nada?. Me increpaba con frecuencia. Y yo iba a estar allí, en aquel refugio cavado en las rocas, donde me gustaba, me gustaba, me gustaba tumbarme en el sofá y mirar de reojo el huerto, la mar y el monasterio.

           
          Allí, entre orujos caseros y conversaciones de mar mi tiempo se detenía en otro tiempo. En el tiempo de Suso. En el suyo. Y allí hablábamos de esas cosas que nunca se olvidan porque te quedan para siempre; el pulpo que este año vino mal, la escasez del percebe, el furtiveo, y de esos pescadores cuya barca no es mucho mayor del tamaño de una tumba y con la que son capaces de alimentar a su familia. Disfrutaba ofreciéndose porque no tenía conciencia de que lo estuviera haciendo.

            Ayer, su padre Jesús, no preparó las nasas con cebo para que su hijo saliera a la mar. Tampoco puso en el radio-cassette la única cinta de bandas de música que tanto le gustaba; ¿Verdad que suenan bien las bandas?. Son de Valencia. Escucha, escucha. Siempre la misma cinta. Sentado y en silencio, disfrutaba de la música sin estridencias ni derroches. Pero eso no fue ayer. Ayer sólo escuchó el sonido de las campanas, perezosos, sí, monótono, sí, pero tan contundente como terco.

            Ayer murió una persona que me quería, y este verano cuando vuelva a Santa María de Oia miraré en el embarcadero que ya no está el Tiburón II, y veré a Fani ir a trabajar a cualquier restaurante de los de la carretera, y a Mari limpiando, y haciendo camas con olor a sexo que ya no serán la suya, y veré a su hijo Pablo con la mirada más perdida que el verano anterior.

            Hoy el mundo es más angosto sin él, y yo siento la aspereza de sentirme menos querida por la tierra, lo sé, pero también sé que quiero fundirme en su memoria a través de este último trago juntos. No, hoy no me lo pongas de miel. Hoy lo quiero blanco, como a ti te gusta. Sé que estás deseando que lo diga: a tu salud.



Lola

12 de abril de 2011

_ No era mí día _

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       Cuántas veces le había reprendido a mí madre por aquella maldita costumbre de joven quinceañera de sacar la cabeza por la ventanilla del coche yendo en marcha, cuando veía a algún hombre que le gustaba. Pero ella como era habitual en estás y en otras cosas no solía hacerme ni caso. Juan mí marido me decía que la pobre estaba perdiendo la cabeza, pero nunca pensé que la llegara a perder de aquella manera. Su comportamiento era el de una adolescente. Y ahora por ello, en el asiento trasero se encontraba su cabeza toda despeinada y chorreante de sangre. Menos mal, que aún no la había llevado a la peluquería para la que ésta mañana tenía hora, habría sido una pena. Para el colmo me esta poniendo pérdida la tapicería. Parecía estar viendo a Juan hecho una fiera al ver la enorme mancha de sangre en su querido coche. Siempre ha sido algo obsesivo con todo lo que se refiriere a él. A veces no he podido evitar sentir auténticos celos, al ver que recibía más atenciones que yo misma. Parece ser que mí madre se ha enfadado, ahí la tengo sin decir ésta boca es mía. Pues si ella no me habla yo tampoco, al fin y al cabo ha sido de ella la culpa de verse como se ve. Me ésta poniendo de los nervios ver por el espejo retrovisor como me mira, ni que hubiera sido mía la culpa de lo sucedido.

Estaba visto que aquel no era mí día. Encima parece ser que se ha molestado conmigo por reprenderla. A veces pienso que hemos cambiado nuestros papeles en la vida.
He tenido que pasar un tremendo sofoco. Por su culpa, me he visto forzada a frenar en seco al escuchar aquel golpe, podríamos habernos matado. Ha sido entonces cuando me he dado cuenta de que su cabeza no estaba sobre sus hombros como debiera haber estado. Por lo que me he tenido que bajar del coche y enfrentarme con un angustiado conductor que sufría parece ser un ataque de histeria y que con el rostro todo lívido, no cesaba de decirme incoherencias, mientras me señalaba la cabeza de mí madre que estaba sobre el asfalto con cara de fastidio. Viéndome obligada a recogerla ante las muchas miradas curiosas de los demás conductores y meterla en el asiento trasero de nuestro coche; menos mal que no me ha echado a perder el vestido de “Versace” eso habría sido la gota que hubiera colmado el vaso de mí paciencia. Esto me pasa por ser demasiado buena, siempre me lo dice Juan. “Marichu, la gente hace contigo lo que quiere y así te va”.
Ahora tendré que llevarla al hospital imaginó. Perderé allí toda la mañana, con la de cosas que tenía que hacer hoy. Maldita sea. Todavía querían que me quedara allí a la espera de que llegara la policía. Eso si que no, no estaba dispuesta a seguir perdiendo más el tiempo. No sé, pero estoy pensando que será mejor que llevé el coche a un autoservicio de lavado a que le hagan una limpieza en seco, no quisiera que se liara en casa por culpa de esa inoportuna mancha. Además yo creo que hasta huele mal. Tal vez se le ha descompuesto el cuerpo a mí madre, pero cualquiera le dice nada estando la cosa como ésta, entonces seria cuando se liaría.
Me temo que hoy no es mí día. No, no señor, no tendría que haber salido de casa y mucho menos habérmela traído conmigo a ella. Pero claro como negarme a llevarla a la peluquería, si lo hubiera hecho también la habríamos tenido de todas formas. Maldita sea, que día más asqueroso.
Nada ahí sigue callar que te callaras. Siempre ha tenido muchos humos la señora. Mí pobre padre, siempre decía que los tenía muy bien puestos y es cierto. Ni siquiera se ha quejado como otras muchas veces de lo mucho que corro, ni de la música tan muermo que llevo puesta. En fin, ésta visto que cuando se enfada se enfada. Bueno. Seguro que si le digo que la invitó a tomar unas tortitas con nata en la cafetería del Corte ingles y después nos vamos de compras se le pasara el enfado. Pero será mej

or que antes de eso, la lleve al maldito hospital con lo de su cabeza. Total la cita con su peluquero ya la ha perdido y todo lo que yo tenía previsto para primeras horas de la mañana también, por lo tanto….
Me dije a mí misma “Maríchu, calmate, tómatelo lo mejor posible, ve al hospital y después iros tú madre y tú a tomar esas tortitas con nata y mermelada de arandanos que tanto os gustan, no querrás tenerla todo el santo día de morros. Piensa en que mañana será otro día, eso te hará ver todo de forma distinta”… 



Ana

31 de marzo de 2011

Sabor a chocolate

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unque quisiera, Laura Wells no podría olvidar aquella tarde de agosto de 1.950, en el jardín del Hotel Nacional de La Habana. Tenía entonces veinte años y el propósito de ser la primera mujer ganadora del concurso que, cada año, convocaba la revista “EYE” para jóvenes fotógrafos. Había llegado a Cuba tres días antes, invitada por su amiga Marta Benson, con el deseo de descubrir esa ciudad de la que tantas cosas le había contado su compañera de la universidad. Desde las murallas que separan los jardines y el Malecón, se divisaba el mar cercano, llenando con su olor la suave brisa que aliviaba aquel calor pegajoso al que Laura todavía no se había acostumbrado. En el cielo, los colores jugueteaban unos con otros, se mezclaban, se separaban, brillaban o se apagaban, produciendo ese efecto incomparable del atardecer que se avecinaba. Risas y voces de niños venían del otro extremo del jardín. Laura, curiosa, se acercó. Había instalada una larga mesa, cubierta hasta el suelo con manteles blancos y entre los árboles colgaban guirnaldas de papel de colores. Bonito contraste. “Vamos niños, acercaos, es hora de tomar la tarta”. La voz maternal, llena de la música de ese país, atrajo a un grupo de niños y niñas vestidos de fiesta, saltando y gritando vivas. En el centro de la mesa, una tarta de chocolate, redonda, de un solo piso, con guindas rojas y bordes de nata, sobresalía sobre el mantel. Frente a ella, una niña de piel y cabellos morenos, impecablemente vestida de blanco organdí, sonreía ante el pastel adornado con velas. ¿Eran ocho?. No lo recuerdas. Esos ojos negros que echaban chispas la atraparon cuando la miraron.

-Me gustaría hacerte una foto, ¿te importa?
- ¿Eres fotógrafa? -preguntó la niña, señalando la cámara
- Sí y creo que podría conseguir una bonita fotografía.
- No sé -contestó la niña sonriendo pícaramente. ¿Va a salir en alguna revista?.
- ¡Uy, ojalá! -contestó Laura en forma de suspiro.
- Bueno, y ¿qué me darás a cambio si lo consigues?

Todavía recuerda su mirada cuando le formuló esa pregunta. Laura, bajo el seudónimo de Richard Wells, ganó el premio de la revista “EYE”: la publicación de la fotografía en portada y mil dólares en metálico. Desde entonces, las mejores publicaciones del mundo le han abierto sus puertas y los personajes más relevantes de todos estos años han fijado sus ojos en el objetivo de su cámara. Laura conseguía que esos personajes parecieran inmortales; sabía captarlos en ese gesto, en esa mirada que dejan al descubierto la esencia de cada persona. Inmortalidad en blanco y negro. Nunca en color. ¡Cuántas fotografías!. Pero ninguna como la de esa niña vestida de blanco que, con una sonrisa mellada, algo lasciva, ofrece a la cámara un enorme pastel de chocolate. Ninguna como ésta que ahora contempla con el mismo asombro que cuando la reveló hace treinta y cinco años. Desde entonces, no ha pasado un solo día sin que Laura dedique un tiempo a contemplarla. Siempre ha ido con ella, formando parte de su equipaje, de su casa, de su vida. ¿Un amuleto o un recordatorio de tu deuda?.

Después de lo ocurrido hoy durante el almuerzo, en el restaurante de Maurice, Laura siente una terrible angustia. Sentada sobre su cama, mira la fotografía intentando encontrar en ella algo de alivio al desasosiego que la invade. Se pregunta cómo en todos estos años, ni una sola vez, ha sentido la necesidad de buscar un título para ella. ¿Por qué ahora la fotografía parecía suplicarle ese nombre que retumbaba en su cabeza?. Lo escribe en un papel adhesivo que coloca con parsimonia, con mimo, casi solemnidad, en una esquina de la fotografía. Ahora, es totalmente perfecta. Sus párpados pesan y hacen esfuerzos para no cerrarse, para no perder la visión de ese pastel de chocolate en una tarde cubana de verano. Chocolate. El principio y ¿el fin?.

- Bueno, realmente no tengo mucho que ofrecerte. ¿Quieres dinero?.
- No, no me hace falta -repuso la niña algo contrariada.
- Entonces... -interrogó Laura con su mirada.

Un escalofrío recorre el cuerpo de Laura, cuando introduce en su boca una cucharada de la deliciosa crema de chocolate que Maurice prepara como nadie en el mundo. Su desconcierto va en aumento cuando toma una segunda cucharada y otra, y otra. Mary, su secretaria, la mira sorprendida mientras Laura, siempre comedida a la mesa, toma con ansia compulsiva su postre favorito. Laura palidece y su mirada parece buscar una respuesta en el aire.
- ¿Te encuentras bien, Laura?
- No, no sé qué me ocurre. De repente, me he empezado a encontrar mal. Será mejor que me vaya a casa a descansar un rato. No, no me acompañes –dice Laura mientras con un gesto de su mano detiene el intento de Mary por levantarse de la mesa-. Pediré un taxi.
Laura abandona el restaurante intentando mantener su decidido caminar. Habría sido absurdo explicarle a Mary que no ha sentido el sabor a chocolate en su boca.

- ¿Me darías tu alma?
- Por fotografiar esos ojos, daría lo que hiciera falta, -contestó Laura con una sonrisa, mientras el fotómetro le indicaba que pronto no habría luz suficiente. Mi alma. Trato hecho –dijo impaciente, deseando acabar con ese juego infantil.
La niña, con gesto de satisfacción, tomó entre sus manos la tarta de chocolate, estirando los brazos hacia la cámara, clavando sus ojos en el objetivo, mientras mostraba su boca mellada a través de una sonrisa.
- Muchas gracias. Lo has hecho muy bien.
- ¿Sí?. Bueno, espero que tu sueño se haga realidad. Nunca he tenido el alma de nadie famoso.
Se despidió de Laura con una pequeña reverencia, cogiéndose el vestido por los lados e inclinando levemente la cabeza. Después dio media vuelta y desapareció corriendo por el jardín, antes de que Laura pudiera siquiera sospechar que aquellos ojos negros no bromeaban.

Laura se mira en el espejo intentando reconocer el rostro que en él se refleja. Esos ojos azules, almendrados, algo miopes, la boca gruesa y carnosa, el pelo castaño. Cuánto tiempo mirando el rostro de los demás y qué poco te has dedicado a mirar el tuyo. La imagen del espejo le devuelve una sonrisa mientras Laura sostiene la mirada. El malestar de antes ha dejado paso a una inmensa paz y a un profundo cansancio. Tumbada en la cama, antes de cerrar los ojos, mira la fotografía con su nombre recién estrenado. Un intenso sabor a chocolate llena su boca.
Laura siente sobre su brazo la suave caricia de una pequeña mano. Abre los ojos con gran esfuerzo y ve el mismo vestido blanco de organdí, los mismos ojos negros, la misma sonrisa mellada que hace treinta y cinco años vio en La Habana. ¿Por qué no siento miedo?.
Con una velocidad de vértigo, por la mente de Laura pasa su vida como una película formada por pequeños fragmentos, como piezas de un puzzle en el que todo recobra su sentido, cada instante se convierte en imprescindible para ese suceso que fue su vida, única e irrepetible. Laura sonríe ante su sentimiento de plenitud.
Por la tarde, Mary, encontraría a Laura tumbada en la cama, con la sonrisa dibujada en los labios. En un papel, sobre la fotografía de un flamante pastel de chocolate sujetado por una niña vestida de blanco, Laura había escrito: “El sabor de la vida. Agosto de 1.950”. 

_ Cristina _